Septiembre, ya era hora!
Dos cosas no me gustan de Marbella: julio y agosto. Las calles se llenan de coches y ruidos, hay gente en todos los rincones, en la playa, en el restaurante, por la calle—hasta la más escondida—en el parque, en la piscina, en el garage, debajo de casa, en el pasillo, hasta en el ascensor, a cualquier hora del día y de la noche.
Pero todos los años, el 1 de septiembre viene y rompe la maldición. Como por arte de magia, coche y gente desaparece. El ruido se difumina. La playa se convierte en un desierto de arena y tumbonas vacías. Y vuelve mi Marbella, la Marbella de que me enamoré hace 8 años, con su brisa que mueve las palmeras delante de casa, un sol tibio dibujado en un ciel siempre azul y el mar—como se puede vivir sin mar?—que por fin libre de turistas flotantes nos arrulla con su voz suave.
Y es en la Marbella de septiembre que nacen mañanas como esta, un par de horas sentados sobre la manta en un parque, en la sombra d aun árbol, con la brisa en el pelo, el sonido del mar a lo lejos y la mejor compañía del mundo. Y durante dos horas, todos los problemas desaparecen, la ansiedad por un nuevo comienzo, la vuelta al trabajo de mamá, planear clases y hablar con estudiantes, nuevas y viejas responsabilidades. Y solo somos nosotras, dos amigas-hermanas con sus bebés, a hablar de todo y de nada en una fresca y tranquila mañana de septiembre después de dos meses de calor y ruido.
Septiembre, por fin estás aquí!